Le pedí a mamá si podía quedarme con Ingrid. Pues me apetecía pintar con ella y hacer "Katsugen Undo" por la noche.
-Candela, hija. Tu tía no creo que tenga ganas de otra cosa que no sea descansar.
-Mamá. Por eso se le ha caído el pelo? Por estar muy cansada?.
La expresión en la cara de mamá se vitrificó y la traducción que en ella se podía leer era la de un fino y sonoro hálito de aire que surgía de su nariz como vapor condensado.
Me recordaba a los dibujos animados. Cuando por ejemplo Tom o Jerry están muy enfadados y les salía humo por los bigotes.
Pero mamá no estaba enfadada. Estaba a punto de reventar si se contenía un poco más.
-Tía Ingrid no tiene pelo? Estás segura? Quizás lo tenga muy escondido debajo del pañuelo, Candela.
Candela miró a su madre con el ceño fruncido y en actitud momentáneamente dubitativa.
-Creo que no mamá. Creo que Ingrid no tiene pelo. Y pienso que es porque está cansada.
Quizás si yo le llevo el caballete este fin de semana y juego con ella se sienta mejor.
Quim miró a su hija con benévola condescendiencia y le acarició el flequillo colocándoselo a un lado.
-Mira Candela. Yo creo que es una buena idea pero quizás tía Ingrid quiera estar sola unos días después de su viaje y cuando esté algo más recuperada podrás venir a estar con ella.
Candela se quedó pensativa. Intentaba dar en el sumario de su infantil memoria con el día que más cansada había estado. Algo había que no le acababa de encajar en toda aquella historia.
En el fondo sabía que algo no iba bien pero no sabía como llegar a entender la magnitud del asunto. Cómo cuantificar el malestar por no decir el estado de salud de su tía preferida.
Tenía miedo pero no sabía como preguntárselo a su madre.
-Está bien mamá. Le diré a Ingrid que vendré a verla otro día.
-Bien, Candela. Despídete de ella y llama a Lucas. Mientras tu padre y yo terminaremos de colocar la compra a tía Ingrid.
Candela asintió y salió corriendo por el patio en busca de su tía.
-Ingrid! Iiiiiiiiiingrid!!!
-Candela, estoy en el tercer piso.-dijo tía Ingrid asomándose por la ventana más alta del edificio.
-Puedo subir?.-preguntó Candela desde abajo.
-Sube y cuando estés arriba pica.
Candela entró como un rayo por el segundo piso a través de las escaleras exteriores que daban al jardín. Salió de él y subió poco a poco hasta el tercer piso. Su tía habitaba en el segundo nivel y las escaleras hasta el tercer piso estaban en muy mal estado. Ingrid no la dejaba subir arriba. Era una zona prohibida.
Ingrid salió al quicio de la puerta antes de que la niña apareciese.
-Candela, agárrate bien a la barandilla y pisa fuerte y con mucho cuidado. Estas escaleras se podrían romper, están podridas de la humedad.
-Si, Ingrid.
A cada paso que daba Candela, la madera crujía por debajo de ella. Era como caminar por encima de la cubierta de un barco.
Cuando por fin llegó a la puerta donde se encontraba su tía, Candela sonrío con aquella picaruela y bonita sonrisa que tenía.
-Ingrid. Aquí es dónde guardas tus tesoros y secretos?.
Tía Ingrid no pudo contener una carcajada.
-Pues sí, Candela. Ahora mismo estaba buscando algo que guarde hace tiempo y te quería enseñar.
-De verdad?.-exclamó Candela con una ilusión desorbitada.
-Sí. Ven. Dame la mano.
La entrada a la tercera planta era bastante siniestra si se puede catalogar de alguna manera.
Las paredes estaban cubiertas de humedades y ni siquiera estaban encaladas. La escena se advertía lúgubre y sin ningún encanto de entrada.
Pero poco a poco, Candela fue percibiendo una luz que penetraba por la puerta al fondo del pasillo.
Cuando llegaron a ella tía Ingrid la abrió lentamente para que no se venciera la puerta de cristal verde. Al abatirla por completo la habitación se lleno de una luz más dorada que el propio sol.
Candela quedó extasiada por completo.
Era como haber entrado en el éter. En un proceso espacio-tiempo similar a los agujeros de gusano interestelares. La analogía que existía entre el acto de penetrar en la oscuridad y aparecer en aquella luz era un símil de transmutación verdaderamente gráfico y de una plasticidad sincrónica pareja a la Teoría de Cuerdas. Pues todos los elementos que se encontraban en la habitación formaban un ente estético multidimensional que funcionaba con una idiosincrasia vibracional perfecta.
Las paredes estaban cubiertas de pequeñas porciones cuadrangulares de espejos diminutos. Colgando del techo habían bolas de cristal que filtraban la luz creando múltiples arcoiris que se superponían unos sobre otros.
La reverberación de luz era indescriptible.
En ese momento, Candela miró a su tía, y al hacerlo le pareció estar viendo a un ángel.
Tenía los ojos cerrados y respiraba lentamente en armonía con el escenario que las rodeaba.
Candela observó como la luz dibujaba un perfil alrededor del cuerpo de ambas, como si se tratase de sus propias auras.
Ingrid abrió los ojos pausadamente. Miró a Candela, y le dijo:
-Si alguna vez sientes miedo, Candela mía. Acuérdate que tras la oscuridad se encuentra la luz. Atravesarla es el camino que todos tenemos que hacer para liberarnos de nuestras incapacidades y limitaciones.
Hasta llegar a la luz, la que nos muestra nuestro verdadero ser.
Y en ella nada que no sea tu propia voluntad puede ejercer ningún tipo de poder. En ella siempre te sentirás protegida y bendecida.
Candela miró a su tía con una dulce expresión de comprensión.
Intuyendo que tras su incertidumbre y dudas se encontraba la respuesta sagrada.
-Ingrid, te vas a morir?.
Ingrid miró a su sobrina con un amor inmenso y le dijo:
-Nadie más valiente que tú podía haberme hecho esa pregunta, Candela.
No lo sé. Pero si así fuera piensa que lo importante no es morir si no ser consciente de ello.
Candela no terminaba de comprender.
-No entiendo Ingrid.-dijo Candela sonriendo a su tía mientras acariciaba "el anillo de la suerte" de ésta.
-Morir es el momento más importante en la vida de una persona, Candela. Llegar hasta ese punto requiere agradecimiento infinito y estar preparada para el gran cambio.
Candela seguía sin entender en gran parte a su tía pero escucharla la reconfortaba enormemente. Con ella jamás sentía miedo.
-Ingrid. Cuando uno cree que va a morir se siente bien?
-Candela, cuando uno siente que puede morir, de momento siente miedo. Porque es una situación desconocida y el miedo de por si, es un gran maestro, cariño. El miedo te enseña a saber observar la realidad y poder cambiarla. Es entonces en el momento que aceptas las situaciones sin oponerte a ellas. Cuando llegas a sentir una paz muy bonita dentro de ti que hace que entiendas que nada malo puede pasar, sea lo que sea.
-Ósea, Ingrid. Qué se te pasa el miedo?.
-Así es Candela. No pasa del todo, pero se hace muy pequeñito, y es cuando puedes ver cosas que no habías percibido antes o llegado a imaginar.
Como por ejemplo la gratitud infinita o la consciencia eterna minimizada en un granito de mostaza.
Dijo Ingrid esbozando una sonrisa resplandeciente a su sobrina.
Candela sonrió ampliamente y le dijo a su tía:
-Ingrid. Tú no morirás nunca. Porque tú eres un ángel. Y los ángeles siempre viven en los corazones por siempre.
Ingrid se emocionó al escuchar a su sobrina y la abrazó arropándola desde atrás entre sus brazos. Se quedaron quietas por un momento.
De pie, junto a la ventana.
Ambas formaban un ente casi escultórico similar a la Pietat Rondanini. Pues los contornos de ambas se veían desdibujados por el fulgor vívido e insultante de la habitación ajardinada.
La descripción de la pieza distaba de la original en la estatura de Candela y el hecho de no ser sujetada como "el hijo de Dios moribundo". Si no, más bien, como el renacimiento de Ingrid en la niña, asemejándose la tía a la Virgen María.
Maternidad y Resurreción.
Una concepción o transmutación de la materia en energía del alma.
Como diría Georg Simmel, filósofo neo-Kantiano varios siglos después de esta obra de Michelangelo Buonarroti:
"Ya no hay ninguna materia contra la que el alma tenga que defenderse. El cuerpo ha renunciado a la lucha por su propio valor, los fenómenos carecen de cuerpo"
Seis días después de comenzar esta obra, Miguel Ángel, murió.
Espero que os guste el blog, y el personaje de Candela y su situación. Superar un cáncer social. El ser mujer y verse desposeída de sus armas. Un canto épico al mundo femenino, al sexo y las fantasías. Desarrollándose en medio de la gestión convulsa de emociones, sentimientos, anhelos y frustración que experimenta en el proceso de superar la enfermedad. Aderezado siempre con grandes dosis de humor y exuberantes descripciones de su trazo más fiel.
sábado, 30 de agosto de 2014
jueves, 28 de agosto de 2014
"LAS DOS HERMANAS"
Se despertó enroscada a ella.
Él había desaparecido de la escena.
Todo le daba vueltas.
Poco a poco y con sumo cuidado volteó la cabeza y registró el interior del receptáculo.
Las paredes estaban forradas de azul, de una tela similar al raso, la calidad era opalescente. Se apreciaba gracias a la tenue luz que asomaba por debajo de la cubierta. En ese tramo las paredes eran inclinadas y en ellas estaba colocada la ventana, asegurando lo que se intuía como unas amplias y significativas vistas
Era una especie de buhardilla de dimensiones "gigantinas". Como las columnas que dividían la sala en cuatro partes formando una planta de cruz griega.
En medio de la intersección de las dos líneas de columnas se encontraba Marlen, en una cama redonda abrazada a otra mujer.
Nunca había estado con ninguna mujer. Ni con un hombre.
Es decir, nunca había estado con un hombre y una mujer. Y con una mujer tampoco.
Se sentía bastante confusa.
Solo había ido a pasar unos días a Cádiz para olvidar la escena que se grabó en su retina al entrar por la puerta del número 6 de Denmark Street, en Londres. En su propia casa. En la casa que compartía con su amor, su supuesto amor. Tapps.
De pequeña había pasado veranos enteros por aquellas tierras. Su abuela materna llevaba sangre gaditana. Siempre le había explicado historias fántasticas de aquellos parajes. Del color de sus aguas. De como se funden el Atlántico y el Mediterráneo en un largo y diametral beso eterno.
Pues allí estaba.
Fundida en un sueño holográfico a unos cuantos kilómetros de la que era su residencia habitual.
Dónde estaba él?
Sí?. Dónde estaba el hombre que la hechizó de una manera diabólica la noche anterior.
Podía olerlo entre las sábanas. Su sexo aun estaba húmedo como recuerdo de su presencia.
La noche anterior fue apoteósica. Las secuencias de tórridas imágenes iban y venían por su aún seducida mente.
Fue maravilloso sin duda. Aunque en la vida real le costaría reconocer algo tan bueno por sus prejuicios.
Se acarició así misma recorriendo sus pechos y su vientre con suavidad.
Y ella? Cómo fue eso que dijo? Eran hermanos?
No podía ser. Serían amigos o amantes fantasiosos.
Hermanos...Y si lo fueran?
Qué más daba si lo eran.
Fue uno de los mejores polvos de su vida. Y ella no era parte del incesto. O si?
En qué situación la dejaba a ella?. Qué pieza formaba de aquel sórdido rompecabezas sexual?.
-Buenos días-dijo Martina sonriendo y desperezándose a la vez.
-Buenos días...-respondió Marlen tímidamente escondiendo parte del rostro en la almohada.
Martina la observaba sin prisa. Sin juicios. Solo la observaba. Como haría aquel día con Dodo cuando lo conoció y reconoció en su habitación de niña con Penny. Compartía algo común con él. Era extremadamente sexual e infantil. Algo que la volvía loca.
-Ven aquí.-dijo Martina asiendo a Marlen por la cintura y atrayéndola hacia a ella.
-Quieres que te cuente la historia de esta habitación?-susurró Martina a la turbada y avergonzada Marlen.
-No lo sé.-respondió Marlen encogiéndose.
La noche antes accedió a "la habitación de los misterios" gracias a escuchar la explicación de una historia.
Dónde la llevaría esta vez?. Hasta dónde quería adentrarse realmente?.
-Marlen. Recuerdas que de camino a Palacio te expliqué que dormiríamos en "La habitación Azul" en la que Picasso pintó parte de su obra?.
-Sí, creo que sí.-respondió Marlen.
Martina se acercó más a Marlen y la besó ligeramente en los labios.
Separándole el cabello de la mejilla procedió a narrar lo que se advertía como una maravillosa y fantástica historia.
-Picasso vino como todos a pasar unos días a Cádiz. A olvidar algo.
A enterrar algo o a alguien.
La cuestión es que no salió de aquí en tres meses hasta que consiguió transcribir su dolor en el lienzo.
El Arte pequeña Marlen, nació del dolor y la traición.
Picasso vomitó su dolor en el lienzo tras la perdida de su gran amigo Casagemas.
-Ves ese cuadro de allí?-señaló Martina en dirección este a la nave contigua, a la cruceta o intersección en la que estaban situadas.
-Sí.- Respondió Marlen en un asomo de osada curiosidad.
-Bien.
Es El Mouline de la Galette, en el se refleja la vida decadente y nocturna de Montmartre.
-Ves a las tres figuras femeninas que se sientan a la mesa en primer término?
-Si, las veo.-respondió Marlen algo más relajada.
-Eran amigas de Picasso y Casagemas.
*Cuando los dos amigos viajaron a París para visitar la exposición de la pintura "Últimos Momentos" de Picasso. Se instalaron en un estudio donde pocos días después se les unió Manuel Pallarés, compañero de estudios de Picasso. Los tres pintores se hicieron amigos de tres modelos francesas que posaban habitualmente para los expatriados españoles.
Sus nombres eran:
Laure Gargallo, conocida como Germaine, su hermana Antoinette Fornerod y una amiga de ambas, Louise Lenoir, llamada por sus amigos Odette.
Se acoplaron Casagemas con Germaine, Pallarés con Antoinette y Picasso con Odette.
Odette no hablaba español, ni Picasso francés.
Las tres modelos se instalaron en el estudio con los pintores.
Casagemas se enamoró perdidamente de Germaine y le pidió matrimonio, pero ella ya había estado casada.
Casagemas no era un buen partido, bebía como un cosaco, estaba enganchado a la morfina, tenía un serio problema de impotencia y para colmo de males, físicamente no era atractivo.
Además Germaine mostraba predilección por Picasso.
La negativa de Germaine dejó a Casagemas devastado. En Navidad, Picasso lo llevó con él a Barcelona y luego a Málaga, con la esperanza de que las salerosas andaluzas le hicieran olvidar a Germaine. El plan no funcionó. Casagemas escribía a Germaine a diario, la asediaba sin parar. Picasso pidió dinero a su tío, compró un pasaje y lo embarcó a Barcelona, de donde continuó a Paris.
Como Germaine le repetía siempre que no quería saber nada de él, Casagemas invitó a sus amigos a una cena de despedida en el Hippodrome Café. Estando allí reunidos, se puso en pie como para dar un discurso....
-Sí. Y qué más?-preguntó Marlen cautivada por la historia con la que la estaba deleitando Martina.
Martina la cogió por el cuello y esta vez la besó profundamente hasta dejarla sin aliento.
Se miraron un instante con la respiración contenida. Sus ojos brillaban como dos estrellas fugaces persiguiéndose en la misma órbita.
Martina acomodó a Marlen en la almohada acariciándole el perfil de su figura con los dedos, y reclinada sobre ella prosiguió.
-...Sacó una pistola del bolsillo, apuntó a Germaine y disparó, pero no acertó. Sin embargo como Germaine se tiró al suelo aterrorizada, Casagemas creyó haberla matado, se pegó un tiro en la sien derecha y falleció.
Picasso estaba en Madrid y no asistió ni al entierro en Montmartre, ni al funeral que se celebró en Barcelona.
La cara de Marlen era un poema. Estaba totalmente extasiada con tan rocambolesca historia de amor y odio, ó tal vez era traición?.
Martina disfrutaba de una manera voraz con el espectáculo de expresiones varias que le regalaba Marlen. Digamos que era algo así como el termómetro emocional de sus fantasias y ensoñaciones en ese momento.
-Entonces. Picasso....?-preguntó vacilante Marlen a la espera de algo más de poesía y romance.
-Entonces, Marlen. Casagemas fue ese "mejor amigo" de Picasso cuya trágica muerte supuso el inicio del depresivo periodo azul del artista. El mismo Picasso lo admitió años después.
"Fue pensar en la muerte de Casagemas lo que me hizo empezar a pintar en azul"
La tristeza por la muerte de su amigo, pero sobretodo un sentimiento de cierta culpabilidad, le originaron esta etapa depresiva de su vida que se conoce como época azul.
Picasso estaba con Germaine, Marlen. Cuando terminó con ella ese mismo año inició su famoso periodo azul.
Entre estas paredes Picasso pintó obras tan representativas como "El gran Autorretrato Azul", "La Vida", "Pobres a Orillas del Mar", "El Asceta" y....
"Las dos hermanas".-concluyó Martina mirando con suma ternura a Marlen.
-Te das cuentas Marlen. Qué todo en la vida son tríadas?
Los tres amigos artistas y las tres modelos.
Las tres gracias de Rubens.
Las tres edades de la Mujer de Klimt.
Marlen evocaba de distinta manera la realidad. Sin prosa, definitivamente.
A su mente acudía la escena del trío que formaba Tapps con aquella mujer y aquel hombre travestido de mujer al que no consiguió reconocer. Y por supuesto el trío que formaba con Martina y "Ahrimán" ella misma.
-Marlen. Carla se parecía tanto a ti.-dijo Martina dibujando fijamente en Marlen la esencia de algo incorpóreo con la mirada fugada.
-Quién es Carla?-preguntó Marlen cariñosamente.
-Mi hermana mayor.
Se suicidó al descubrir a mi hermano con Germaine, la mujer que ella amaba.
Marlen enmudeció.
Martina respiró profudamente y se dejó caer sobre la cama mirando por el tragaluz que había en el techo abuhardillado.
-Así que eres de Barcelona.-preguntó Martina sin mirarla.
-Sí...- Mintió Marlen algo dudosa.
-Entonces conocerás Els Quatre Gats.
-Claro...-respondió Marlen no sabiendo que decir.
Por qué?-preguntó Marlen intentado entender las pretensiones de Martina.
- Allí se conocieron Carla y Germaine.
Allí se conocieron Carlos Casagemas y Pablo Picasso.
Él había desaparecido de la escena.
Todo le daba vueltas.
Poco a poco y con sumo cuidado volteó la cabeza y registró el interior del receptáculo.
Las paredes estaban forradas de azul, de una tela similar al raso, la calidad era opalescente. Se apreciaba gracias a la tenue luz que asomaba por debajo de la cubierta. En ese tramo las paredes eran inclinadas y en ellas estaba colocada la ventana, asegurando lo que se intuía como unas amplias y significativas vistas
Era una especie de buhardilla de dimensiones "gigantinas". Como las columnas que dividían la sala en cuatro partes formando una planta de cruz griega.
En medio de la intersección de las dos líneas de columnas se encontraba Marlen, en una cama redonda abrazada a otra mujer.
Nunca había estado con ninguna mujer. Ni con un hombre.
Es decir, nunca había estado con un hombre y una mujer. Y con una mujer tampoco.
Se sentía bastante confusa.
Solo había ido a pasar unos días a Cádiz para olvidar la escena que se grabó en su retina al entrar por la puerta del número 6 de Denmark Street, en Londres. En su propia casa. En la casa que compartía con su amor, su supuesto amor. Tapps.
De pequeña había pasado veranos enteros por aquellas tierras. Su abuela materna llevaba sangre gaditana. Siempre le había explicado historias fántasticas de aquellos parajes. Del color de sus aguas. De como se funden el Atlántico y el Mediterráneo en un largo y diametral beso eterno.
Pues allí estaba.
Fundida en un sueño holográfico a unos cuantos kilómetros de la que era su residencia habitual.
Dónde estaba él?
Sí?. Dónde estaba el hombre que la hechizó de una manera diabólica la noche anterior.
Podía olerlo entre las sábanas. Su sexo aun estaba húmedo como recuerdo de su presencia.
La noche anterior fue apoteósica. Las secuencias de tórridas imágenes iban y venían por su aún seducida mente.
Fue maravilloso sin duda. Aunque en la vida real le costaría reconocer algo tan bueno por sus prejuicios.
Se acarició así misma recorriendo sus pechos y su vientre con suavidad.
Y ella? Cómo fue eso que dijo? Eran hermanos?
No podía ser. Serían amigos o amantes fantasiosos.
Hermanos...Y si lo fueran?
Qué más daba si lo eran.
Fue uno de los mejores polvos de su vida. Y ella no era parte del incesto. O si?
En qué situación la dejaba a ella?. Qué pieza formaba de aquel sórdido rompecabezas sexual?.
-Buenos días-dijo Martina sonriendo y desperezándose a la vez.
-Buenos días...-respondió Marlen tímidamente escondiendo parte del rostro en la almohada.
Martina la observaba sin prisa. Sin juicios. Solo la observaba. Como haría aquel día con Dodo cuando lo conoció y reconoció en su habitación de niña con Penny. Compartía algo común con él. Era extremadamente sexual e infantil. Algo que la volvía loca.
-Ven aquí.-dijo Martina asiendo a Marlen por la cintura y atrayéndola hacia a ella.
-Quieres que te cuente la historia de esta habitación?-susurró Martina a la turbada y avergonzada Marlen.
-No lo sé.-respondió Marlen encogiéndose.
La noche antes accedió a "la habitación de los misterios" gracias a escuchar la explicación de una historia.
Dónde la llevaría esta vez?. Hasta dónde quería adentrarse realmente?.
-Marlen. Recuerdas que de camino a Palacio te expliqué que dormiríamos en "La habitación Azul" en la que Picasso pintó parte de su obra?.
-Sí, creo que sí.-respondió Marlen.
Martina se acercó más a Marlen y la besó ligeramente en los labios.
Separándole el cabello de la mejilla procedió a narrar lo que se advertía como una maravillosa y fantástica historia.
-Picasso vino como todos a pasar unos días a Cádiz. A olvidar algo.
A enterrar algo o a alguien.
La cuestión es que no salió de aquí en tres meses hasta que consiguió transcribir su dolor en el lienzo.
El Arte pequeña Marlen, nació del dolor y la traición.
Picasso vomitó su dolor en el lienzo tras la perdida de su gran amigo Casagemas.
-Ves ese cuadro de allí?-señaló Martina en dirección este a la nave contigua, a la cruceta o intersección en la que estaban situadas.
-Sí.- Respondió Marlen en un asomo de osada curiosidad.
-Bien.
Es El Mouline de la Galette, en el se refleja la vida decadente y nocturna de Montmartre.
-Ves a las tres figuras femeninas que se sientan a la mesa en primer término?
-Si, las veo.-respondió Marlen algo más relajada.
-Eran amigas de Picasso y Casagemas.
*Cuando los dos amigos viajaron a París para visitar la exposición de la pintura "Últimos Momentos" de Picasso. Se instalaron en un estudio donde pocos días después se les unió Manuel Pallarés, compañero de estudios de Picasso. Los tres pintores se hicieron amigos de tres modelos francesas que posaban habitualmente para los expatriados españoles.
Sus nombres eran:
Laure Gargallo, conocida como Germaine, su hermana Antoinette Fornerod y una amiga de ambas, Louise Lenoir, llamada por sus amigos Odette.
Se acoplaron Casagemas con Germaine, Pallarés con Antoinette y Picasso con Odette.
Odette no hablaba español, ni Picasso francés.
Las tres modelos se instalaron en el estudio con los pintores.
Casagemas se enamoró perdidamente de Germaine y le pidió matrimonio, pero ella ya había estado casada.
Casagemas no era un buen partido, bebía como un cosaco, estaba enganchado a la morfina, tenía un serio problema de impotencia y para colmo de males, físicamente no era atractivo.
Además Germaine mostraba predilección por Picasso.
La negativa de Germaine dejó a Casagemas devastado. En Navidad, Picasso lo llevó con él a Barcelona y luego a Málaga, con la esperanza de que las salerosas andaluzas le hicieran olvidar a Germaine. El plan no funcionó. Casagemas escribía a Germaine a diario, la asediaba sin parar. Picasso pidió dinero a su tío, compró un pasaje y lo embarcó a Barcelona, de donde continuó a Paris.
Como Germaine le repetía siempre que no quería saber nada de él, Casagemas invitó a sus amigos a una cena de despedida en el Hippodrome Café. Estando allí reunidos, se puso en pie como para dar un discurso....
-Sí. Y qué más?-preguntó Marlen cautivada por la historia con la que la estaba deleitando Martina.
Martina la cogió por el cuello y esta vez la besó profundamente hasta dejarla sin aliento.
Se miraron un instante con la respiración contenida. Sus ojos brillaban como dos estrellas fugaces persiguiéndose en la misma órbita.
Martina acomodó a Marlen en la almohada acariciándole el perfil de su figura con los dedos, y reclinada sobre ella prosiguió.
-...Sacó una pistola del bolsillo, apuntó a Germaine y disparó, pero no acertó. Sin embargo como Germaine se tiró al suelo aterrorizada, Casagemas creyó haberla matado, se pegó un tiro en la sien derecha y falleció.
Picasso estaba en Madrid y no asistió ni al entierro en Montmartre, ni al funeral que se celebró en Barcelona.
La cara de Marlen era un poema. Estaba totalmente extasiada con tan rocambolesca historia de amor y odio, ó tal vez era traición?.
Martina disfrutaba de una manera voraz con el espectáculo de expresiones varias que le regalaba Marlen. Digamos que era algo así como el termómetro emocional de sus fantasias y ensoñaciones en ese momento.
-Entonces. Picasso....?-preguntó vacilante Marlen a la espera de algo más de poesía y romance.
-Entonces, Marlen. Casagemas fue ese "mejor amigo" de Picasso cuya trágica muerte supuso el inicio del depresivo periodo azul del artista. El mismo Picasso lo admitió años después.
"Fue pensar en la muerte de Casagemas lo que me hizo empezar a pintar en azul"
La tristeza por la muerte de su amigo, pero sobretodo un sentimiento de cierta culpabilidad, le originaron esta etapa depresiva de su vida que se conoce como época azul.
Picasso estaba con Germaine, Marlen. Cuando terminó con ella ese mismo año inició su famoso periodo azul.
Entre estas paredes Picasso pintó obras tan representativas como "El gran Autorretrato Azul", "La Vida", "Pobres a Orillas del Mar", "El Asceta" y....
"Las dos hermanas".-concluyó Martina mirando con suma ternura a Marlen.
-Te das cuentas Marlen. Qué todo en la vida son tríadas?
Los tres amigos artistas y las tres modelos.
Las tres gracias de Rubens.
Las tres edades de la Mujer de Klimt.
Marlen evocaba de distinta manera la realidad. Sin prosa, definitivamente.
A su mente acudía la escena del trío que formaba Tapps con aquella mujer y aquel hombre travestido de mujer al que no consiguió reconocer. Y por supuesto el trío que formaba con Martina y "Ahrimán" ella misma.
-Marlen. Carla se parecía tanto a ti.-dijo Martina dibujando fijamente en Marlen la esencia de algo incorpóreo con la mirada fugada.
-Quién es Carla?-preguntó Marlen cariñosamente.
-Mi hermana mayor.
Se suicidó al descubrir a mi hermano con Germaine, la mujer que ella amaba.
Marlen enmudeció.
Martina respiró profudamente y se dejó caer sobre la cama mirando por el tragaluz que había en el techo abuhardillado.
-Así que eres de Barcelona.-preguntó Martina sin mirarla.
-Sí...- Mintió Marlen algo dudosa.
-Entonces conocerás Els Quatre Gats.
-Claro...-respondió Marlen no sabiendo que decir.
Por qué?-preguntó Marlen intentado entender las pretensiones de Martina.
- Allí se conocieron Carla y Germaine.
Allí se conocieron Carlos Casagemas y Pablo Picasso.
miércoles, 27 de agosto de 2014
TENGO QUE CONTARTE ALGO CANDELA.
-Candela?
-Sí, dígame.
-Soy Marlen. Cómo estás?.
-Bien Marlen. Algo confusa aún pero bien.
-Quieres que quedemos? Te apetece tomar una cerveza?
Podemos ir a Quatre Gats. Se que te gusta y allí siempre nos pasan cosas increíbles.
-No se, Marlen. Quizás en otro momento.
-Como quieras Candela. Sabes que estoy aquí, verdad?
-Claro. Lo se.
Todo bien? Qué tal la suplencia en la Clínica?
-Bueno, bien Candela. Son buena gente. Muy profesionales y parecen muy familiares en el trato.
Pero vaya, cuando llegue la hija de la Dra. Grassi terminará mi legado como recepcionista.
-Su hija se encarga de la recepción? No trabaja por cuenta ajena o tiene algún otro negocio?
-No, Candela. Resulta que volvió de Londres hace unos años, algo tocada. Estuvo con un chico con el que las cosas no cuajaron.
-Ósea, que fue por un tío?
-En realidad, no.
-Cómo que en realidad, no?
-Pues que no fue por un chico. Claudia, mi compañera de la recepción me explicó que la hija de la Dra. Grassi conoció a una chica en Cádiz y se enamoró de ella.
-No entiendo nada Marlen. En serio. Es increíble.
- Y eso que no estamos delante de una pinta de esas que te gustan en Els Quatre Gats.
Venga, Candela. Quedamos y te lo cuento.
-Joder, Marlen. Mira que tener ganas de gaitadas con tal de no ver a Frank en un rato.
-Tan mal lo lleva Candela?.
-Qué si lo lleva mal?
Su actitud es indescriptible. En fin, que te voy a contar si hasta ahora la cosa ya iba para regulín.
-Candela, te paso a buscar en media hora. Está lista y dile a Frank que no cenarás en casa. Quiero invitarte. Necesito hablar contigo.
-Huy, huy....A ti te pasa algo?...
Has discutido con Lola?.
Estás muy rara Marlen.
Te follas a otra tía y no lo sabe Lola?...
Qué coño te pasa? Te conozco y algo no va bien, verdad?.
-Candela, en persona. Necesito darte un abrazo primero. Para mi ha sido muy duro ver los resultados de mi mejor amiga en la Clínica en la que trabajo y no poder decir nada. Espero que puedas perdonarme por ello.
-Me extraña enormemente el que tuvieras acceso a ellos y no me hayas dicho nada, Marlen. He estado dos semanas jodida esperando los resultados de la biopsia. No entiendo nada. Eso si me lo vas a tener que explicar.
-Claro que si. Necesito hacerlo Candela.
En esos momentos se escucha a Marlen gimotear al otro lado del hilo telefónico.
-Está bien pava. Más vale que vengas pronto a buscarme para que pueda darte tu merecido.
Me estás escuchando?-responde Candela quitándole hierro al asunto.
-Candela. Estoy asustada. Y no se ni como explicártelo...
-Está bien, Marlen. Sea lo que sea, está bien. Tranquilízate y lo hablamos.
Vale?
Marlen?
Vale?.....
-Vale.
-Te espero en veinte minutos
martes, 26 de agosto de 2014
A PENNY LE FALTABA UNA PIERNA.
-Tin, otra vez!.-exclamó la Condesa de Varela.
-Qué hace Penny tan sucia en medio del pasillo?. Qué te ha hecho esta vez?.-preguntó la Condesa a su hija.
Tin tenía una rabieta de mil demonios. Era incapaz de responder.
Su mirada estaba fija en Penny. Podía traspasarla, se percibía el odio que hacia ella sentía.
Su madre volvió a incoharla.
-Tin.
-Tin! Mírame cuando te hablo. Soy tu madre.-insistió la Condesa.
-Si no me respondes te castigaré por desobediente y maleducada.
Me estás oyendo, Tin?
Tin miró a su madre fijamente y le preguntó:
-Por qué a Penny le falta una pierna mamá?
La Condesa de Varela miró hacia el suelo donde se encontraba postrada la muñeca andrajosa y sucia de la niña.
Tin, no le falta nada cariño. Está entera.
No es verdad!.-respondió Tin enérgica y rotundamente.
Esta vez si se abalanzó sobre Penny y la zarandeó por una pierna hasta que dejó a la pobre muñeca algo más maltrecha si cabe.
La Condesa la asió por un brazo y levantándola del suelo le dijo:
-Está bien, Tin. Sabes que haremos?.
Ahora mismo subirás a tu cuarto y limpiarás a Penny. Está muy feo que la trates así. Las niñas cuidan a sus muñecas y se comportan como señoritas.
No saldrás hasta a la hora de la merienda.-concluyó la Condesa De Varela indicando a su hija la dirección a tomar con el dedo índice.
Tin subió las escaleras con la cabeza gacha mientras arrastraba a Penny peldaño a peldaño.
Cuando llegó a la habitación se sentó al borde de la cama y tiró a Penny al suelo con impotencia.
Suspiró.
Por qué tenía que cargar con aquella estúpida muñeca?. Por qué su madre no respondía nunca a sus preguntas? Por qué Penny tenía esa expresión anodina? Por qué su madre la obligaba a ser como no quería ser?.
Tin era una niña introvertida y muy seria. Tenía 5 años y hacía menos de uno que había comenzado a estudiar en el Colegio La Spina.
No se llevaba bien con sus compañeros. No por nada en especial. No le atraía la idea de estar con otros niños.
Sus comportamientos le parecían algo infantiles para su precoz edad.
Las niñas eran muy descafeinadas y banales. Como le gustaba a mamá. Y los niños poco interesantes e impulsivos. Los podía manipular de cualquier forma. Cosa que no le resultaba nada atractivo ya que la aburría soberanamente.
Era delgadita con el pelo muy negro y normalmente peinado en una larga trenza sin flequillo. Tenía los ojos grandes de color miel y la nariz chata.
Su tez era bastante blanca. Lucía ojeras pronunciadas .
Era bonita pero su expresión era lánguida y pálida.
Frente a la cama estaba el escritorio. Sobre él había un espejo y al lado un cuadro con un arlequín al que le caía una lágrima.
Tin miró al Arlequín y se observó en el espejo.
Se daba cuenta de su temprana tristeza. De su ahogo existencial.
De repente saltó de la cama de un brinco y abrió los cajones del escritorio.
Revolvió bien el contenido de los mismos. Trataba de encontrar algo para ponerle remedio al aspecto de Penny.
Lo encontró.
Allí estaban las tijeras de punta roma que su madre le compró para realizar las manualidades de la escuela.
Tin se esforzó. Sabía que no sería fácil con aquellas obtusas tijeras.
Había pasado una hora cuando Penny pasó a convertirse en una muñeca algo más liviana y desenfadada.
Sus antes bucles enredados y pajizos se transformaron en una superficie irregular y punzante.
Le había cortado o mejor dicho recortado la zona más angosta a la planta de los pies.
La expresión de Penny era de desahogo. Tin podía intuir como la muñeca se lo agradecía.
La cogió y se miró en el espejo junto a ella.
Su aspecto era tan funesto. Aquella trenza...
Y todo el pelo hacia atrás. Quién era realmente?
Era horrorosa. No se gustaba en absoluto.
Así que siguiendo los dictados de su corazón, una vez más, procedió a darle forma a su identidad de señorita, como diría su madre.
Ya le quedaba poco para terminar cuando picaron a la puerta.
Estoy castigada.-respondió Tin mientras seguía concentrada en su ir y venir con la pequeña tijera.
No tenía miedo. Ni siquiera las represalias de su madre la frenaban a la hora de que esa puerta se abriera.
Alzaba los mechones en el aire y juntando los deditos, los apretaba hasta que las hojas de la tijera se cruzaban y se escuchaba el sonido de..
..Zas....
La puerta se entreabrió tímidamente.
Alguien observaba a Tin.
Tin miró al Arlequín y le dijo:
No llores más. Pronto nos iremos de aquí. Te lo prometo.
Volvió a mirarse al espejo y se dió cuenta de que tras ella estaba él con la puerta entornada.
Era muy delgado. Rubio con el pelo largo como hacía unas horas lo tenía Penny. Sus ojos era marrones, tenía las pestañas larguísimas y los labios muy bien dibujados.
Tenía ojeras, como ella.
Él no hizo nada. Siguió observando como Tin se cortaba el poco pelo que le quedaba.
Tin lo ignoró y prosiguió hasta terminar.
Dejó las tijeras sobre el escritorio y cogió a Penny. Miró al niño afeminado y comenzó a besar a Penny en los labios.
Él no se movía solo la miraba.
Tin soltó a Penny y se dirigió hacia él.
Sin quitarle un ojo de encima buscó con su mano la entrepierna del niño y la apretó.
De repente se escuchó la voz de la Condesa de Varela:
-Antonella, dígale a Tin que ya puede salir de su cuarto. Le levanto el castigo para que pueda conocer a su nuevo hermano.
Era un día especial y con cierta tensión ambiental. Llegaba el niño que enviaba el Sr. Lansky desde New Orleans a la familia Varela para componer el trío primogénito.
La condesa tenía dos hijos.
A Tin y a Auri.
-Llámelo antes para que podamos hacer la presentación oficial.-repusó la Condesa De Varela.
La gobernanta fue hasta a la habitación en la que minutos antes instaló al niño recién llegado pero éste no estaba.
Lo lamento Sra. Condesa. No está. Hace un momento que lo acompañe a su nueva habitación.-respondió la Sra. Antonella con crispación.
Mientras lo buscaban el niño cogió la mano de Tin y la llevó con él hasta a la cama. Al borde de ella estaba Penny.
La cogió entre sus manos y la abrazó con los ojos cerrados.
Cuando los abrió Tin lo observaba sin parpadear.
Me llamo Dodo.-dijo su nuevo hermano y amigo de Penny.
Tin sonrió y le dijo:
Yo, Tin.
Ni Mar. Ni Tina. Ni Martina.
Tin.-afianzó con el tono de voz la pequeña de los Varela.
Dodo le acarició la mejilla con el dorso de la mano y le devolvió a Penny.
Tin suspiró con ilusión y le dijo:
Tienes la pierna que le falta a Penny.
-Qué hace Penny tan sucia en medio del pasillo?. Qué te ha hecho esta vez?.-preguntó la Condesa a su hija.
Tin tenía una rabieta de mil demonios. Era incapaz de responder.
Su mirada estaba fija en Penny. Podía traspasarla, se percibía el odio que hacia ella sentía.
Su madre volvió a incoharla.
-Tin.
-Tin! Mírame cuando te hablo. Soy tu madre.-insistió la Condesa.
-Si no me respondes te castigaré por desobediente y maleducada.
Me estás oyendo, Tin?
Tin miró a su madre fijamente y le preguntó:
-Por qué a Penny le falta una pierna mamá?
La Condesa de Varela miró hacia el suelo donde se encontraba postrada la muñeca andrajosa y sucia de la niña.
Tin, no le falta nada cariño. Está entera.
No es verdad!.-respondió Tin enérgica y rotundamente.
Esta vez si se abalanzó sobre Penny y la zarandeó por una pierna hasta que dejó a la pobre muñeca algo más maltrecha si cabe.
La Condesa la asió por un brazo y levantándola del suelo le dijo:
-Está bien, Tin. Sabes que haremos?.
Ahora mismo subirás a tu cuarto y limpiarás a Penny. Está muy feo que la trates así. Las niñas cuidan a sus muñecas y se comportan como señoritas.
No saldrás hasta a la hora de la merienda.-concluyó la Condesa De Varela indicando a su hija la dirección a tomar con el dedo índice.
Tin subió las escaleras con la cabeza gacha mientras arrastraba a Penny peldaño a peldaño.
Cuando llegó a la habitación se sentó al borde de la cama y tiró a Penny al suelo con impotencia.
Suspiró.
Por qué tenía que cargar con aquella estúpida muñeca?. Por qué su madre no respondía nunca a sus preguntas? Por qué Penny tenía esa expresión anodina? Por qué su madre la obligaba a ser como no quería ser?.
Tin era una niña introvertida y muy seria. Tenía 5 años y hacía menos de uno que había comenzado a estudiar en el Colegio La Spina.
No se llevaba bien con sus compañeros. No por nada en especial. No le atraía la idea de estar con otros niños.
Sus comportamientos le parecían algo infantiles para su precoz edad.
Las niñas eran muy descafeinadas y banales. Como le gustaba a mamá. Y los niños poco interesantes e impulsivos. Los podía manipular de cualquier forma. Cosa que no le resultaba nada atractivo ya que la aburría soberanamente.
Era delgadita con el pelo muy negro y normalmente peinado en una larga trenza sin flequillo. Tenía los ojos grandes de color miel y la nariz chata.
Su tez era bastante blanca. Lucía ojeras pronunciadas .
Era bonita pero su expresión era lánguida y pálida.
Frente a la cama estaba el escritorio. Sobre él había un espejo y al lado un cuadro con un arlequín al que le caía una lágrima.
Tin miró al Arlequín y se observó en el espejo.
Se daba cuenta de su temprana tristeza. De su ahogo existencial.
De repente saltó de la cama de un brinco y abrió los cajones del escritorio.
Revolvió bien el contenido de los mismos. Trataba de encontrar algo para ponerle remedio al aspecto de Penny.
Lo encontró.
Allí estaban las tijeras de punta roma que su madre le compró para realizar las manualidades de la escuela.
Tin se esforzó. Sabía que no sería fácil con aquellas obtusas tijeras.
Había pasado una hora cuando Penny pasó a convertirse en una muñeca algo más liviana y desenfadada.
Sus antes bucles enredados y pajizos se transformaron en una superficie irregular y punzante.
Le había cortado o mejor dicho recortado la zona más angosta a la planta de los pies.
La expresión de Penny era de desahogo. Tin podía intuir como la muñeca se lo agradecía.
La cogió y se miró en el espejo junto a ella.
Su aspecto era tan funesto. Aquella trenza...
Y todo el pelo hacia atrás. Quién era realmente?
Era horrorosa. No se gustaba en absoluto.
Así que siguiendo los dictados de su corazón, una vez más, procedió a darle forma a su identidad de señorita, como diría su madre.
Ya le quedaba poco para terminar cuando picaron a la puerta.
Estoy castigada.-respondió Tin mientras seguía concentrada en su ir y venir con la pequeña tijera.
No tenía miedo. Ni siquiera las represalias de su madre la frenaban a la hora de que esa puerta se abriera.
Alzaba los mechones en el aire y juntando los deditos, los apretaba hasta que las hojas de la tijera se cruzaban y se escuchaba el sonido de..
..Zas....
La puerta se entreabrió tímidamente.
Alguien observaba a Tin.
Tin miró al Arlequín y le dijo:
No llores más. Pronto nos iremos de aquí. Te lo prometo.
Volvió a mirarse al espejo y se dió cuenta de que tras ella estaba él con la puerta entornada.
Era muy delgado. Rubio con el pelo largo como hacía unas horas lo tenía Penny. Sus ojos era marrones, tenía las pestañas larguísimas y los labios muy bien dibujados.
Tenía ojeras, como ella.
Él no hizo nada. Siguió observando como Tin se cortaba el poco pelo que le quedaba.
Tin lo ignoró y prosiguió hasta terminar.
Dejó las tijeras sobre el escritorio y cogió a Penny. Miró al niño afeminado y comenzó a besar a Penny en los labios.
Él no se movía solo la miraba.
Tin soltó a Penny y se dirigió hacia él.
Sin quitarle un ojo de encima buscó con su mano la entrepierna del niño y la apretó.
De repente se escuchó la voz de la Condesa de Varela:
-Antonella, dígale a Tin que ya puede salir de su cuarto. Le levanto el castigo para que pueda conocer a su nuevo hermano.
Era un día especial y con cierta tensión ambiental. Llegaba el niño que enviaba el Sr. Lansky desde New Orleans a la familia Varela para componer el trío primogénito.
La condesa tenía dos hijos.
A Tin y a Auri.
-Llámelo antes para que podamos hacer la presentación oficial.-repusó la Condesa De Varela.
La gobernanta fue hasta a la habitación en la que minutos antes instaló al niño recién llegado pero éste no estaba.
Lo lamento Sra. Condesa. No está. Hace un momento que lo acompañe a su nueva habitación.-respondió la Sra. Antonella con crispación.
Mientras lo buscaban el niño cogió la mano de Tin y la llevó con él hasta a la cama. Al borde de ella estaba Penny.
La cogió entre sus manos y la abrazó con los ojos cerrados.
Cuando los abrió Tin lo observaba sin parpadear.
Me llamo Dodo.-dijo su nuevo hermano y amigo de Penny.
Tin sonrió y le dijo:
Yo, Tin.
Ni Mar. Ni Tina. Ni Martina.
Tin.-afianzó con el tono de voz la pequeña de los Varela.
Dodo le acarició la mejilla con el dorso de la mano y le devolvió a Penny.
Tin suspiró con ilusión y le dijo:
Tienes la pierna que le falta a Penny.
viernes, 22 de agosto de 2014
EL DÍA DEL FIN DEL MUNDO.
Llegó acompañada de Martín y Frank a la Clínica Grassi.
-Candela de Ávila?.-preguntó una de las enfermeras.
-Sí, yo misma.-respondió Candela levantándose con gesto sereno aunque algo taciturno.
Miró a Frank y le sonrió:
-Todo irá bien. Estoy segura.
-Claro que sí, cariño-respondió Frank intentando darle un torpe beso apresurado.
Candela quería entrar sola.
Una vez dentro la hicieron tumbarse en la camilla. Ella esperaba los resultados de una prueba de alto screening pero estaba tranquila porque la tarde anterior había ido a su ginecólogo, el cual por tercera vez le dijo que todo era normal.
Es más, aseveró:
-Estoy seguro en un 99,9% de que esto no será nada.
Nada podía ir mal.
Pero. ¿Por qué la habían hecho tumbarse? Bueno, querían asegurarse. Ya se sabe. Los médicos son un tanto histriónicos en el momento de dar resultados.
La puerta se abrió y entró la especialista en ecografía 3D.
Hola, buenas tardes Candela.-dijo la Sra. que entendía el ecógrafo.
Buenas tardes.-respondió Candela algo seca ante la llegada de la especialista en vez de la llegada de la Dra. Grassi.
La Dra. Grassi me ha pedido que te repita la prueba para asegurarse de que todo esté bien.-dijo la Sra. Ecografista.
Candela sonrío y pensó que aunque no le gustase estar allí ni un segundo más, valía la pena asegurarse con tal de no volver.
Es tu hijo?-preguntó la Sra. del Ecógrafo.
No, no es mi hijo. Es hijo de mi pareja.-Candela sintió algo de compasión por parte de la Sra. del Ecógrafo.
Respiro hondo y volvió a tranquilizarse.
Si hubiera algo raro, la Dra. Grassi se lo hubiese dicho de inmediato.
La Sra. Del Ecógrafo no hablaba. Solo miraba la pantalla en la que se divisaba lo que era "un fibroadenoma que había crecido en el último año".
En ese momento entró la Dra. Grassi. Saludó a Candela de pasada y fue derecha a obsevar la imagen.
Las dos miraban de frente a la pantalla mientras Candela miraba la pared esperando respuestas.
Sin mediar palabra la Dra. Grassi cogió el ecógrafo y lo hundió con fuerza en la axila de Candela.
No dijo nada pero le dolió. ¿Qué esperaba encontrar la Dra. Grassi con tanta insistencia? ¿Petróleo?
Volvió a respirar otra vez profundamente y las miró de soslayo.
Ninguna de las dos se movían. Solo observaban en silencio la imagen mientras seguían moviendo el ecógrafo sobre el pecho de Candela.
¿Dra. Grassi cuando me va a dar los resultados de la prueba inmunohistoquímica?.-abordó Candela directamente.
La Dra. Grassi no contesto.
Candela volvío a preguntar.
-Dra. Grassi qué dice la prueba del fibroadenoma. Por qué es un fibroadenoma, no?
El silencio seguía reinando en el cubículo.
Candela con un tono firme y con cierto enfado ante la negativa a responder, preguntó:
-Es cáncer?.-su pregunta fue hiriente hasta el punto de hacer que la Dra. Grassi dudase de su respuesta.
-Digamos que en el fondo del fibroma hay unas células que no parecen buenas.
Candela se semiincorporó y dirigiéndose directamente a la Dra. Grassi volvió a repetir con toda la firmeza esta vez sin preguntar.
Es cáncer.
-Sí.-dijo la Dra. Grassi.
En ese momento Candela se volvió a tumbar dejándose caer levemente y sintió como su cabeza en décimas de segundos se comprimió fuertemente como un Cubo de Rubik. Las secuencias se daban al unísono y formaban el puzzle más preciso, sintético y analítico que jamás había concebido.
La contención emocional, el miedo, el frío, el dolor. La muerte de su madre, sus apenas 36 años recién cumplidos, la incredulidad de la situación, el entender que en el fondo lo sabía, el veredicto que sentenciaba definitivamente todo lo que quería de la vida y nunca había osado o gozado a vislumbrar. El ver como la vida se le escapa de las manos y era ahora o nunca. .
Ella había padecido ansiedad desde la adolescencia pero en ese momento la ansiedad desapareció y fue sustituida por una alimaña que la empezó a asediar desde el minuto cero y a la que no estaba dispuesta a ceder ni un centímetro más de su vida. No había tiempo para nada más que para la reacción. El peso de toda la humanidad caía sobre ella pero era valiente y estaba decidida a tomar el mando de la situación.
Era su vida. No recibía ordenes de nadie. Ni dejaba que nadie remará en su barco. Ella era el capitán de su destino.
La Dra. Grassi hablaba pero Candela no la escuchaba.
La Sra. Del Ecógrafo la miraba sin hablar mientras la Dra. Grassi parloteaba o eso le parecía a Candela que las miraba sin ningún tipo de consistencia. Como si no fuese con ella la cosa. Ella decidía cuando era su momento.
Parpadeo ante la perplejidad de la situación y preguntó:
Tengo posibilidades de vivir?-espetó tajante y concisa.
La Dra. Grassi calló de golpe de su ataque de verborrea y asintió en repetidas ocasiones con la cabeza sin poder pronunciar una palabra.
Candela la miró fijamente para detectar cualquier incoherencia o falso movimiento.
Se miraron las dos como en un duelo de titanes en el que hay que sujetar el mástil para que la nave no se hunda en medio de una tempestad.
Tienes todas las posibilidades.-respondío la Dra. Grassi con fuerza.
Perfecto.-respondió Candela dando un brinco de la camilla e incorporándose.
Quiero una carta de navegación perfecta para saber que tengo que hacer a partir de ahora. Ya!.-dijo Candela con actitud fuerte y poderosa.
La Dra. Grassi la felicitó por su talante.
-Te curarás, Candela. Esa es la actitud. Estás al mando. Me siento orgullosa por tu aplomo.-dijo la Dra. Grassi con un brillo en los ojos hasta ahora ausente.
Candela estaba acostumbrada a ese tipo de elogios aunque ahora no fuese lo que más le hubiese gustado escuchar. Siempre se había comportado con determinación y coraje ante las situaciones más difíciles con las que le había tocado lidiar. Como fue la enfermedad y muerte de su madre.
Entre las dos trazaron una rutina de pruebas de imagen para descartar cáncer contralateral o lo que viene siendo cáncer en el otro pecho, y otras pruebas para asegurarse de que no hubiese metástasis. También había que pedir una segunda analítica de inmunohistoquímica para ver la diferenciación-indiferenciación del tumor, si era hormonodependiente o no, y si era Her2.
Protocolos que le sonaban a chino mandarín pero con los que sin duda alguna se familiarizó en poco tiempo.
Bien. Y quién me va a operar?-preguntó Candela.
Pero Candela. Date tiempo. Tómate este fin de semana y el lunes comenzamos con todo.-respondió la Dra. Grassi intentando frenar un poco a Candela.
Era jueves. Las 20.00 de la tarde.
No. Ahora mismo voy a pedir cita para la resonancia magnética a la Clínica Alemán y mañana me haces el Tac. El lunes pediré hora con el cirujano. Cuál?-dijo Candela expectante.
La Dra. Grassi no salía de su asombro.
De acuerdo. El Dr. Santos León. El mejor cirujano en neo de mama de la provincia. Ahora mismo le llamo para que te dé cita el lunes.-respondió la Dra. Grassi anotando todo lo que habían hablado entre las dos.
Candela, quieres que se lo diga yo a tu pareja?-pregunto la Dra. Grassi.
De eso ni hablar. Se lo digo yo.-respondió Candela con gran firmeza.
En ese momento a la Dra. Grassi se le saltaron las lágrimas.
Candela era muy joven para lidiar esa batalla pero era tan fuerte y tan vital que sabía que saldría airosa de ella.
Se despidió con un abrazo y diciéndole:
-No solo ahora. Siempre que me necesites estaré aquí. Siempre-dijo la Dra. Grassi.
-Lo sé.-respondió Candela olvidándose por momentos de todo lo que había sucedido en el cubículo y respirando libremente.
Solo quería salir de alli.
Fuera estaba Frank con Martín que jugaba con sus cochecitos.
Qué tal ha ido, cariño?-preguntó Frank sonriente e impaciente a la vez.
Bien. Bien, muy bien. Está todo bien.-respondió Candela.
Frank dibujó una sonrisa adornada de calma y ternura.
No es un fibroadenoma es cáncer. Pero lo han cogido a tiempo.-espetó sin reparos.
El semblante de Frank se transformó en décimas de segundos.
Era una ostia a traición o era un jarro de agua fría que le caía de frente.
Candela sonrió intentado infundir seguridad y dijo:
-Todo irá bien. Lo se.-estaba muerta de miedo pero no consentiría que nadie la compadeciera.
Los resultados llegaban un 21 del 12 de 2012.
Una etapa se cerraba sin duda para dar paso a algo más....
A la iluminación.
-Candela de Ávila?.-preguntó una de las enfermeras.
-Sí, yo misma.-respondió Candela levantándose con gesto sereno aunque algo taciturno.
Miró a Frank y le sonrió:
-Todo irá bien. Estoy segura.
-Claro que sí, cariño-respondió Frank intentando darle un torpe beso apresurado.
Candela quería entrar sola.
Una vez dentro la hicieron tumbarse en la camilla. Ella esperaba los resultados de una prueba de alto screening pero estaba tranquila porque la tarde anterior había ido a su ginecólogo, el cual por tercera vez le dijo que todo era normal.
Es más, aseveró:
-Estoy seguro en un 99,9% de que esto no será nada.
Nada podía ir mal.
Pero. ¿Por qué la habían hecho tumbarse? Bueno, querían asegurarse. Ya se sabe. Los médicos son un tanto histriónicos en el momento de dar resultados.
La puerta se abrió y entró la especialista en ecografía 3D.
Hola, buenas tardes Candela.-dijo la Sra. que entendía el ecógrafo.
Buenas tardes.-respondió Candela algo seca ante la llegada de la especialista en vez de la llegada de la Dra. Grassi.
La Dra. Grassi me ha pedido que te repita la prueba para asegurarse de que todo esté bien.-dijo la Sra. Ecografista.
Candela sonrío y pensó que aunque no le gustase estar allí ni un segundo más, valía la pena asegurarse con tal de no volver.
Es tu hijo?-preguntó la Sra. del Ecógrafo.
No, no es mi hijo. Es hijo de mi pareja.-Candela sintió algo de compasión por parte de la Sra. del Ecógrafo.
Respiro hondo y volvió a tranquilizarse.
Si hubiera algo raro, la Dra. Grassi se lo hubiese dicho de inmediato.
La Sra. Del Ecógrafo no hablaba. Solo miraba la pantalla en la que se divisaba lo que era "un fibroadenoma que había crecido en el último año".
En ese momento entró la Dra. Grassi. Saludó a Candela de pasada y fue derecha a obsevar la imagen.
Las dos miraban de frente a la pantalla mientras Candela miraba la pared esperando respuestas.
Sin mediar palabra la Dra. Grassi cogió el ecógrafo y lo hundió con fuerza en la axila de Candela.
No dijo nada pero le dolió. ¿Qué esperaba encontrar la Dra. Grassi con tanta insistencia? ¿Petróleo?
Volvió a respirar otra vez profundamente y las miró de soslayo.
Ninguna de las dos se movían. Solo observaban en silencio la imagen mientras seguían moviendo el ecógrafo sobre el pecho de Candela.
¿Dra. Grassi cuando me va a dar los resultados de la prueba inmunohistoquímica?.-abordó Candela directamente.
La Dra. Grassi no contesto.
Candela volvío a preguntar.
-Dra. Grassi qué dice la prueba del fibroadenoma. Por qué es un fibroadenoma, no?
El silencio seguía reinando en el cubículo.
Candela con un tono firme y con cierto enfado ante la negativa a responder, preguntó:
-Es cáncer?.-su pregunta fue hiriente hasta el punto de hacer que la Dra. Grassi dudase de su respuesta.
-Digamos que en el fondo del fibroma hay unas células que no parecen buenas.
Candela se semiincorporó y dirigiéndose directamente a la Dra. Grassi volvió a repetir con toda la firmeza esta vez sin preguntar.
Es cáncer.
-Sí.-dijo la Dra. Grassi.
En ese momento Candela se volvió a tumbar dejándose caer levemente y sintió como su cabeza en décimas de segundos se comprimió fuertemente como un Cubo de Rubik. Las secuencias se daban al unísono y formaban el puzzle más preciso, sintético y analítico que jamás había concebido.
La contención emocional, el miedo, el frío, el dolor. La muerte de su madre, sus apenas 36 años recién cumplidos, la incredulidad de la situación, el entender que en el fondo lo sabía, el veredicto que sentenciaba definitivamente todo lo que quería de la vida y nunca había osado o gozado a vislumbrar. El ver como la vida se le escapa de las manos y era ahora o nunca. .
Ella había padecido ansiedad desde la adolescencia pero en ese momento la ansiedad desapareció y fue sustituida por una alimaña que la empezó a asediar desde el minuto cero y a la que no estaba dispuesta a ceder ni un centímetro más de su vida. No había tiempo para nada más que para la reacción. El peso de toda la humanidad caía sobre ella pero era valiente y estaba decidida a tomar el mando de la situación.
Era su vida. No recibía ordenes de nadie. Ni dejaba que nadie remará en su barco. Ella era el capitán de su destino.
La Dra. Grassi hablaba pero Candela no la escuchaba.
La Sra. Del Ecógrafo la miraba sin hablar mientras la Dra. Grassi parloteaba o eso le parecía a Candela que las miraba sin ningún tipo de consistencia. Como si no fuese con ella la cosa. Ella decidía cuando era su momento.
Parpadeo ante la perplejidad de la situación y preguntó:
Tengo posibilidades de vivir?-espetó tajante y concisa.
La Dra. Grassi calló de golpe de su ataque de verborrea y asintió en repetidas ocasiones con la cabeza sin poder pronunciar una palabra.
Candela la miró fijamente para detectar cualquier incoherencia o falso movimiento.
Se miraron las dos como en un duelo de titanes en el que hay que sujetar el mástil para que la nave no se hunda en medio de una tempestad.
Tienes todas las posibilidades.-respondío la Dra. Grassi con fuerza.
Perfecto.-respondió Candela dando un brinco de la camilla e incorporándose.
Quiero una carta de navegación perfecta para saber que tengo que hacer a partir de ahora. Ya!.-dijo Candela con actitud fuerte y poderosa.
La Dra. Grassi la felicitó por su talante.
-Te curarás, Candela. Esa es la actitud. Estás al mando. Me siento orgullosa por tu aplomo.-dijo la Dra. Grassi con un brillo en los ojos hasta ahora ausente.
Candela estaba acostumbrada a ese tipo de elogios aunque ahora no fuese lo que más le hubiese gustado escuchar. Siempre se había comportado con determinación y coraje ante las situaciones más difíciles con las que le había tocado lidiar. Como fue la enfermedad y muerte de su madre.
Entre las dos trazaron una rutina de pruebas de imagen para descartar cáncer contralateral o lo que viene siendo cáncer en el otro pecho, y otras pruebas para asegurarse de que no hubiese metástasis. También había que pedir una segunda analítica de inmunohistoquímica para ver la diferenciación-indiferenciación del tumor, si era hormonodependiente o no, y si era Her2.
Protocolos que le sonaban a chino mandarín pero con los que sin duda alguna se familiarizó en poco tiempo.
Bien. Y quién me va a operar?-preguntó Candela.
Pero Candela. Date tiempo. Tómate este fin de semana y el lunes comenzamos con todo.-respondió la Dra. Grassi intentando frenar un poco a Candela.
Era jueves. Las 20.00 de la tarde.
No. Ahora mismo voy a pedir cita para la resonancia magnética a la Clínica Alemán y mañana me haces el Tac. El lunes pediré hora con el cirujano. Cuál?-dijo Candela expectante.
La Dra. Grassi no salía de su asombro.
De acuerdo. El Dr. Santos León. El mejor cirujano en neo de mama de la provincia. Ahora mismo le llamo para que te dé cita el lunes.-respondió la Dra. Grassi anotando todo lo que habían hablado entre las dos.
Candela, quieres que se lo diga yo a tu pareja?-pregunto la Dra. Grassi.
De eso ni hablar. Se lo digo yo.-respondió Candela con gran firmeza.
En ese momento a la Dra. Grassi se le saltaron las lágrimas.
Candela era muy joven para lidiar esa batalla pero era tan fuerte y tan vital que sabía que saldría airosa de ella.
Se despidió con un abrazo y diciéndole:
-No solo ahora. Siempre que me necesites estaré aquí. Siempre-dijo la Dra. Grassi.
-Lo sé.-respondió Candela olvidándose por momentos de todo lo que había sucedido en el cubículo y respirando libremente.
Solo quería salir de alli.
Fuera estaba Frank con Martín que jugaba con sus cochecitos.
Qué tal ha ido, cariño?-preguntó Frank sonriente e impaciente a la vez.
Bien. Bien, muy bien. Está todo bien.-respondió Candela.
Frank dibujó una sonrisa adornada de calma y ternura.
No es un fibroadenoma es cáncer. Pero lo han cogido a tiempo.-espetó sin reparos.
El semblante de Frank se transformó en décimas de segundos.
Era una ostia a traición o era un jarro de agua fría que le caía de frente.
Candela sonrió intentado infundir seguridad y dijo:
-Todo irá bien. Lo se.-estaba muerta de miedo pero no consentiría que nadie la compadeciera.
Los resultados llegaban un 21 del 12 de 2012.
Una etapa se cerraba sin duda para dar paso a algo más....
A la iluminación.
jueves, 21 de agosto de 2014
EL CLIENTE SIEMPRE TIENE LA RAZÓN.
Está usted hablando con el Buffet de Abogados, Vasari-Lex. Deje su mensaje después de escuchar la señal y nos pondremos en contacto con usted lo antes posible. Gracias.
-Soy Frank. Está preparada. A las 16.30 estaré en La Diagonal cruce con Paseo de Gracia, a la altura de Calle Córcega....El número de siempre.
El despacho estaba vacío. Ni siquiera Bibiana, la recepcionista estaba en su puesto.
Eran las 16.15 y el despacho cobraba vida a las 16.30 en horario de tarde hasta las 19.00.
La puerta se abrió de golpe y apareció Carlotta. Soltó el blazer que llevaba sobre el brazo y el bolso encima del cuatro plazas de la sala de espera principal. Corriendo se abalanzó sobre el teléfono del puesto más próximo.
Descolgó y guardo a la espera de escuchar la bandeja de entrada del contestador.
Ahí estaba. Era él. Frank. No se había olvidado. Como cada 19 de Junio estaba esperándola.
Estaba sudando. Había venido corriendo desde la esquina más cercana al despacho en la que la dejó el taxi.
Estaba nerviosa. Le temblaban las manos. Cogió un vaso de plástico del dispensador de agua para calmar la sed. Lo agarró con tanta fuerza que el agua se derramó por ambos lados mojándole los tacones de piel de ante que llevaba.
Intentó beber de todos modos. Eran sorbos desesperados, en los que apenas cabía una débil deglución.
Se derramó gran parte del vaso por encima al intentar que el flujo de agua fuese mayor.
Al borde de la desesperación y con las lágrimas brotando de los ojos. Se agarró la cabeza con ambas manos y empezó a llorar.
No podía hacerlo. No quería hacerlo.
Otra vez, no.
Se odiaba por ello.
Pero era el precio que le tocaba pagar.
Se metió en el baño se secó los ojos con cuidado de no extender el rímel que le cercaba el párpado inferior.
Respiró con la boca cerrada. Comprimiendo el aire en los pulmones todo lo que pudo y lo expulsó con fuerza en varios tiempos.
Se atusó el cabello con ambas manos y salió del despacho resuelta recogiendo el blazer y el bolso de ante marrón que había dejado en la entrada.
Una vez en la calle hizo un gesto propio de la necesidad de desplazamiento previo pago.
Al momento un taxi se paró.
Carlotta era una mujer extremadamente atractiva.
Era morena, con el pelo largo, ondulado. Le llegaba por la cintura.
Su rostro era anguloso y sus facciones algo duras.
Sus ojos eran rasgados como los de las águilas y sus labios afilados.
Era alta y estilizada. Tenía el pecho bien formado aunque no muy grande.
Y sus maneras eran las propias de una mujer fuerte y decidida.
Subió al taxi rápidamente y dijo:
-Buenas tardes.
Por favor, si es tan amable a la Calle Córcega nº 89.
El taxista procedió a llevarla sin más.
Llegaba tarde pero no le iba a llamar.
Al fin y al cabo, él sabía que esto era una excepción y no cabía la opción de aplazar el plan.
El taxi se detuvo y Carlotta miró a través de sus gafas de sol negras.
No le veía.
Pagó la carrera y salió del taxi colocándose bien la falda de tubo color hueso.
Se ubicó en mitad de la calle sin atisbo de él por ningún sitio.
Su teléfono sonó.....
Sí, dígame.-respondió Carlotta contenida y seria.
-Estoy en Los Jardines de Salvador Espriu, frente al Hostal Casa de Gracia.
De acuerdo.-Carlotta colgó y fue en busca de su interlocutor.
Su respiración era cada vez más densa. Le costaba respirar. Por momentos la vista se le nublaba.
Lo veía.
Estaba igual.
Vestía con un cardigan azul marino y una camisa blanca debajo. Llevaba unos vaqueros desgastados y una botas de piel marrón.
Tenía el pelo oscuro, lo llevaba corto. Rapado al dos.
Sonrío levemente al divisarla.
Hacía un año que no se veían y hoy estaban de celebración.
Martín cumplía seis años y Frank venía a traérselo una hora.
Ese era el trato. Ni más ni menos.
Lo pactaron así el día que Carlotta los dejó a los dos en pleno Picadilly Circus, a la altura de Leicester Square. Bajo la estatua de Charles Chaplin.
Ese era el trato. Y esas las cordenadas. Dirección-esquina-con. Una hora.
Cara a cara Frank saludó a Carlotta con las manos en los bolsillos.
Hola, Carlotta. Martín está en el hostal leyendo un tebeo. En la 203. Una hora. Hasta luego.-dijo Frank sin darle tiempo a responder.
De acuerdo.-repitió una vez más Carlotta.
La 203 era la dirección de la casa en la que vivieron juntos en Londres antes de que ella conociera a Álex.
miércoles, 20 de agosto de 2014
LOS DOMINGOS EN CASA DE INGRID.
Era verano. Habíamos ido a pasar la tarde a casa de Ingrid con papá y mamá.
Lucas jugaba con su camión nuevo. Mientras yo andaba tras mi tía Ingrid de un lado para otro.
La llamaba Ingrid. No tía, Ingrid. Era a la única persona a la que llamaba por su nombre.
Era rubia con la tez clarita. Los ojos de color gris. No muy alta y algo entradita en carnes. Era la mujer más guapa que había visto en mi vida después de mi mamá.
Siempre sonreía. Y sus ojos siempre brillaban.
Siempre estaba haciendo cosas.
Pintaba. Tenía un caballete a la entrada del patio y pasaba tardes retratando las puestas de sol. A veces la acompañaba a pintar con el caballete a cuestas. Yo le llevaba las pinturas y a cambio me dejaba su gorra estilo, Oliver Twist. Lo pasaba muy bien con ella.
Cuando mamá me dejaba me quedaba a dormir en su casa.
Era una casa vieja. Con mucha historia.
Tenía tres pisos. Pero Ingrid vivía en la segunda planta.
Según se entraba había un recibidor a lo ancho de pasillo, que debía hacer algo más de dos metros, y a la derecha estaba la cocina, sin puertas ni nada. A la izquierda estaba su habitación y a la derecha pasada la cocina habitaciones más pequeñas.
La última tenía vistas al patio. Y siempre dormían los gatos que paseaban por los tejados vecinos, colándose por él.
A Ingrid no le importaba.
Un día entré a coger mi chaqueta. Pues la había dejado en ese cuarto. En el de la ventana que daba al patio. Y me llevé un susto tremendo.
Había un gato encima del cojín de la cama. Y le faltaba un ojo!.
Pegué un grito tan grande que tía Ingrid vino corriendo para ver que me pasaba. Cuando vió al gato, dijo:
Es Fede, Candela.-me explicó mientras acariciaba mi hombro intentando tranquilizarme.
Se peleó hace años con unos gatos y perdió un ojo. Nada más. No tienes porque asustarte.
Tía, Ingrid. Me da miedo. Tiene cara de malo.-le respondí yo, asustada por el semblante hueco del gato.
Ven, tócalo. No te hará nada, Candela. Es amigo de Lolo y Trufo.-me respondío Ingrid sonriendo mientras acariciaba a Fede "el malo".
No! No! Y no!!.-respondí llorando.
Está bien, Candela. No tienes porque hacerlo si no quieres. Y él tampoco te hará nada en tal caso. Tranquilízate y vamos al patio a recoger la fruta madura. Me quieres acompañar?-señaló mi tía asiendo una cesta de mimbre de la consola de color rosa.
Está bien.-respondí algo más convencida.
Pero él se queda!.-espeté.
Jajaja! Claro que sí, Candela. Él se queda.-respondió Ingrid cogiéndome de la mano.
Salimos de la habitación y enfilamos hacia el patio. Había que bajar por unas escaleritas de piedra. De pronto recordé que había dejado a Betsy, mi muñeca de trapo, en el tercer cajón de la cómoda rosa.
No, Betsy no podía quedarse allí. No estaba segura. Corriendo me solté de la mano de Ingrid y subiendo los escaleras a toda prisa, crucé el umbral de la puerta y me situé frente a la habitación.
Fede "el malo" se había colocado justo sobre la cómoda todo lo que daba de ancho.
Le miré fijamente al único ojo que tenía. Respire profundo y le dije:
Saaape!!!- chillé cerrando los ojos a la par que deseaba que él no estuviese allí.
Abriendo los ojos muy lentamente me costó adivinar donde estaba Fede. Poco a poco ví como sobre la cómoda no estaba. Un poquito después tampoco estaba sobre la cama. Un segundo más y con los ojos abiertos de par en par buscaba al felino conteniendo la respiración al punto de sentir que me paralizaba.
De pronto noté como algo me acariciaba las piernas.
Era una cola. Grande y peluda. De gato rabón. Maltrecha y descosida como Betsy. Al borde del alarido más grande que se pudiese imaginar jamás, Fede me miró y dando un brinco se tiró al suelo panza arriba.
De repente exhalé toda la contención del grito convirtiéndolo en un largo suspiro que me desinchó como a un globo. Encorvada y mirando a Fede, acerqué mi mano poco a poco para intentar acariciarlo.
Él me miró y maulló mientras se frotaba la espalda contra el suelo.
Estaba claro que tenía luz verde. Pero no podía. Algo superior a mi no podía tocarlo.
Me incorporé y fui derecha al tercer cajón a por Betsy. Miré a Fede que estaba ahora reclinado con medio cuerpo de gato mirando hacía a mi. Y le dije:
Lo siento, Fede. No es porque te falte un ojo. Es que eres muy feo y no puedo tocarte. No espero que lo entiendas. Pero espero que seamos amigos sin que tenga que tocarte.
Fede se giró y de un brinco se subió a la cama y de la cama saltó por la ventana. No me dio tiempo a ver a dónde iba o a dónde llegaba. De repente escuché a mi tía:
-Candela! Dónde andas?. Necesito ayuda.
-Voy, Ingrid.-sin soltar a Betsy bajé corriendo a ayudar a mi tía a recoger los higos y las manzanas del suelo.
Aquella tarde de domingo habíamos ido a verla porque había llegado de viaje y de unos médicos. Antes no dejó que fuéramos. Mis padres no me explicaron por qué. Solo que aquel verano mi tía se había tenido que marchar a un viaje que duraba unos meses y vino constipada con lo cual tuvo que hacer escala en el hospital.
Ingrid, estaba igual pero en vez de llevar su pelo suelto lo llevaba dentro de un pañuelo. O eso me parecía.
La seguí hasta la cocina a buscar limonada y galletas.
De repente, Ingrid se sintió cansada y se sentó.
Estás bien, Ingrid.-le pregunté mirándola con la cabeza ladeada.
Sí, cariño. Solo un poco cansada. Esta tarde está haciendo calor.
Tenía mala cara y rompió a sudar de golpe.
Me acerqué a ella y le cogí la mano.
Ella cogió la mía entre las suyas y la besó.
No me dijo nada pero entendí que Ingrid no estaba bien.
Respiré fuerte y le dije:
Ingrid, yo llevaré las cosas a fuera. Me esperas y vengo, vale?-le pregunté sin vacilar.
De acuerdo, Candela. Ve con cuidado por las escaleras, hija.-respondió mi tía sonriendo como podía.
Bajé despacito, mirando cada escalón y con cuidado de no verter la limonada. Llegué a la mesa del patio y coloqué las galletas de mantequilla y la jarra sobre ella. Subí dándome toda la prisa que pude y cuando llegué hasta arriba la ví.
Estaba de espaldas a mi.
Mi tía se había quitado el pañuelo y se estaba refrescando el cuello.
No tenía pelo.
Me quedé parada sin reaccionar.
En ese momento apareció Fede y se quedó a mi lado observando la escena.
De repente entendí algo.
Mi tía no era fea. Fede no era feo.
Era el miedo lo que me parecía feo.
El miedo a no comprender.
El miedo a no poder entender como un gato podía quedarse sin ojo.
Ó como mi tía llegó a quedarse sin pelo.....
Lucas jugaba con su camión nuevo. Mientras yo andaba tras mi tía Ingrid de un lado para otro.
La llamaba Ingrid. No tía, Ingrid. Era a la única persona a la que llamaba por su nombre.
Era rubia con la tez clarita. Los ojos de color gris. No muy alta y algo entradita en carnes. Era la mujer más guapa que había visto en mi vida después de mi mamá.
Siempre sonreía. Y sus ojos siempre brillaban.
Siempre estaba haciendo cosas.
Pintaba. Tenía un caballete a la entrada del patio y pasaba tardes retratando las puestas de sol. A veces la acompañaba a pintar con el caballete a cuestas. Yo le llevaba las pinturas y a cambio me dejaba su gorra estilo, Oliver Twist. Lo pasaba muy bien con ella.
Cuando mamá me dejaba me quedaba a dormir en su casa.
Era una casa vieja. Con mucha historia.
Tenía tres pisos. Pero Ingrid vivía en la segunda planta.
Según se entraba había un recibidor a lo ancho de pasillo, que debía hacer algo más de dos metros, y a la derecha estaba la cocina, sin puertas ni nada. A la izquierda estaba su habitación y a la derecha pasada la cocina habitaciones más pequeñas.
La última tenía vistas al patio. Y siempre dormían los gatos que paseaban por los tejados vecinos, colándose por él.
A Ingrid no le importaba.
Un día entré a coger mi chaqueta. Pues la había dejado en ese cuarto. En el de la ventana que daba al patio. Y me llevé un susto tremendo.
Había un gato encima del cojín de la cama. Y le faltaba un ojo!.
Pegué un grito tan grande que tía Ingrid vino corriendo para ver que me pasaba. Cuando vió al gato, dijo:
Es Fede, Candela.-me explicó mientras acariciaba mi hombro intentando tranquilizarme.
Se peleó hace años con unos gatos y perdió un ojo. Nada más. No tienes porque asustarte.
Tía, Ingrid. Me da miedo. Tiene cara de malo.-le respondí yo, asustada por el semblante hueco del gato.
Ven, tócalo. No te hará nada, Candela. Es amigo de Lolo y Trufo.-me respondío Ingrid sonriendo mientras acariciaba a Fede "el malo".
No! No! Y no!!.-respondí llorando.
Está bien, Candela. No tienes porque hacerlo si no quieres. Y él tampoco te hará nada en tal caso. Tranquilízate y vamos al patio a recoger la fruta madura. Me quieres acompañar?-señaló mi tía asiendo una cesta de mimbre de la consola de color rosa.
Está bien.-respondí algo más convencida.
Pero él se queda!.-espeté.
Jajaja! Claro que sí, Candela. Él se queda.-respondió Ingrid cogiéndome de la mano.
Salimos de la habitación y enfilamos hacia el patio. Había que bajar por unas escaleritas de piedra. De pronto recordé que había dejado a Betsy, mi muñeca de trapo, en el tercer cajón de la cómoda rosa.
No, Betsy no podía quedarse allí. No estaba segura. Corriendo me solté de la mano de Ingrid y subiendo los escaleras a toda prisa, crucé el umbral de la puerta y me situé frente a la habitación.
Fede "el malo" se había colocado justo sobre la cómoda todo lo que daba de ancho.
Le miré fijamente al único ojo que tenía. Respire profundo y le dije:
Saaape!!!- chillé cerrando los ojos a la par que deseaba que él no estuviese allí.
Abriendo los ojos muy lentamente me costó adivinar donde estaba Fede. Poco a poco ví como sobre la cómoda no estaba. Un poquito después tampoco estaba sobre la cama. Un segundo más y con los ojos abiertos de par en par buscaba al felino conteniendo la respiración al punto de sentir que me paralizaba.
De pronto noté como algo me acariciaba las piernas.
Era una cola. Grande y peluda. De gato rabón. Maltrecha y descosida como Betsy. Al borde del alarido más grande que se pudiese imaginar jamás, Fede me miró y dando un brinco se tiró al suelo panza arriba.
De repente exhalé toda la contención del grito convirtiéndolo en un largo suspiro que me desinchó como a un globo. Encorvada y mirando a Fede, acerqué mi mano poco a poco para intentar acariciarlo.
Él me miró y maulló mientras se frotaba la espalda contra el suelo.
Estaba claro que tenía luz verde. Pero no podía. Algo superior a mi no podía tocarlo.
Me incorporé y fui derecha al tercer cajón a por Betsy. Miré a Fede que estaba ahora reclinado con medio cuerpo de gato mirando hacía a mi. Y le dije:
Lo siento, Fede. No es porque te falte un ojo. Es que eres muy feo y no puedo tocarte. No espero que lo entiendas. Pero espero que seamos amigos sin que tenga que tocarte.
Fede se giró y de un brinco se subió a la cama y de la cama saltó por la ventana. No me dio tiempo a ver a dónde iba o a dónde llegaba. De repente escuché a mi tía:
-Candela! Dónde andas?. Necesito ayuda.
-Voy, Ingrid.-sin soltar a Betsy bajé corriendo a ayudar a mi tía a recoger los higos y las manzanas del suelo.
Aquella tarde de domingo habíamos ido a verla porque había llegado de viaje y de unos médicos. Antes no dejó que fuéramos. Mis padres no me explicaron por qué. Solo que aquel verano mi tía se había tenido que marchar a un viaje que duraba unos meses y vino constipada con lo cual tuvo que hacer escala en el hospital.
Ingrid, estaba igual pero en vez de llevar su pelo suelto lo llevaba dentro de un pañuelo. O eso me parecía.
La seguí hasta la cocina a buscar limonada y galletas.
De repente, Ingrid se sintió cansada y se sentó.
Estás bien, Ingrid.-le pregunté mirándola con la cabeza ladeada.
Sí, cariño. Solo un poco cansada. Esta tarde está haciendo calor.
Tenía mala cara y rompió a sudar de golpe.
Me acerqué a ella y le cogí la mano.
Ella cogió la mía entre las suyas y la besó.
No me dijo nada pero entendí que Ingrid no estaba bien.
Respiré fuerte y le dije:
Ingrid, yo llevaré las cosas a fuera. Me esperas y vengo, vale?-le pregunté sin vacilar.
De acuerdo, Candela. Ve con cuidado por las escaleras, hija.-respondió mi tía sonriendo como podía.
Bajé despacito, mirando cada escalón y con cuidado de no verter la limonada. Llegué a la mesa del patio y coloqué las galletas de mantequilla y la jarra sobre ella. Subí dándome toda la prisa que pude y cuando llegué hasta arriba la ví.
Estaba de espaldas a mi.
Mi tía se había quitado el pañuelo y se estaba refrescando el cuello.
No tenía pelo.
Me quedé parada sin reaccionar.
En ese momento apareció Fede y se quedó a mi lado observando la escena.
De repente entendí algo.
Mi tía no era fea. Fede no era feo.
Era el miedo lo que me parecía feo.
El miedo a no comprender.
El miedo a no poder entender como un gato podía quedarse sin ojo.
Ó como mi tía llegó a quedarse sin pelo.....
martes, 19 de agosto de 2014
EL SHOW DE DODO.
Después de arrancar un gran y último aplauso. Dió un largo sorbo a su Gin tónic apurando el culito que le quedaba y despidiéndose del público de esa noche.
Estaba cansado. No había dormido apenas la noche anterior doblando la guardia de un compañero en la fábrica de cosméticos en la que trabajaba a 34 km de Londres. En Whatford.
En el Club Eleven sacaba algo para rematar el alquiler mensual del estudio en el que vivía con su chica, y le sobraba un piquito para trapichear con algo de coca en el Club londinense donde arrancaba acordes mestizos de jazz.
Era de origen puertorriqueño. Se había criado en Nueva Orleans hasta los 7 años con su tía Yetsibet. La cual había trabajado en el Casino del Hotel Flamingo como camarera para el capo de la mafia Meyer Lansky.
Eran años difíciles para Yetsibet. Pues andaba intentando despuntar en el mundo del jazz de la mano del chulo que la llevaba, Corner Crawn. En los locales nocturnos, como los Honky Tonks y Barrelhouses, donde ella cantaba y el pianista o la orquesta de turno tocaban siempre para que el público bailara.
Dodo pasó a ser adoptado por una familia italiana, amiga de Meyer. Hasta que tuvo 18 años.
Y años más tarde, se afincó en el número 90 de Wardour Street, cerca del Marquee Club y más tarde en el 6 de Denmark Street, donde vivieron los Sex Pistols e incluso grabaron sus primeras maquetas.
Llevaba años intentado terminar la carrera de telecomunicaciones. Tenía 27 años y se había quedado anclado en West End. Exactamente en el barrio del Soho.
Siendo una de las mejores zonas de Londres para salir a tomar copas, y cerrándose los fines de semana al tráfico por la gran afluencia multicultural que por allí se gestaba albergando también la escena gay.
Hasta hace poco, esta zona había sido famosa por sus sex-shops, pero a partir de los años 80 se llevó a cabo una transformación y en la actualidad se caracterizaba sobre todo por sus restaurantes de gran categoría y sus oficinas periodísticas, aunque aún existían algunos espectáculos sexys.
Para mediados del siglo XIX todas las familias respetables se habían mudado a otros barrios más de moda y comenzaron a llegar al Soho las prostitutas, los “music halls”, los pequeños teatros y los restaurantes,convirtiéndose en la zona favorita de escritores, artistas e intelectuales, de los que se decía que pasaban demasiadas noches borrachos como para hacerse famosos.
Esto mismo le pasaba a Dodo.
Era demasiado excesivo en todo. La creatividad que rezumaba era tal que tenía que doblegarla, aletargarla. Domarla. La sometía a su voluntad colocándose y la acunaba como la fiebre solitaria que en realidad vivía.
Siempre se había sentido solo.
De camino a casa vió como llegaba.
Dejando la bici en el jardín de la entrada y cogiendo la bolsa de papel marrón con la cena que le había pedido que fuera a buscar a Chinatown.
Sonriendo se dirigió hacia él.
Hola, Taps.-dijo ella besándole en los labios.
Ella le conocía como Taps, por el músico de jazz Taps Miller.
Hola Canelita.-respondió él cogiéndola por la cintura. Estrechándola.
La llamaba así en honor a Rogelia Medina. La sonera del caribe y gran imitadora de Celia Cruz.
Su piel era aterciopelada y su voz cálida como la canela...Parecía latina pero en realidad era alemana.
De Wuppertal del estado de Renania del Norte, en Westfalia.
Pero en realidad se llamaba.....
Marlen.
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