Era verano. Habíamos ido a pasar la tarde a casa de Ingrid con papá y mamá.
Lucas jugaba con su camión nuevo. Mientras yo andaba tras mi tía Ingrid de un lado para otro.
La llamaba Ingrid. No tía, Ingrid. Era a la única persona a la que llamaba por su nombre.
Era rubia con la tez clarita. Los ojos de color gris. No muy alta y algo entradita en carnes. Era la mujer más guapa que había visto en mi vida después de mi mamá.
Siempre sonreía. Y sus ojos siempre brillaban.
Siempre estaba haciendo cosas.
Pintaba. Tenía un caballete a la entrada del patio y pasaba tardes retratando las puestas de sol. A veces la acompañaba a pintar con el caballete a cuestas. Yo le llevaba las pinturas y a cambio me dejaba su gorra estilo, Oliver Twist. Lo pasaba muy bien con ella.
Cuando mamá me dejaba me quedaba a dormir en su casa.
Era una casa vieja. Con mucha historia.
Tenía tres pisos. Pero Ingrid vivía en la segunda planta.
Según se entraba había un recibidor a lo ancho de pasillo, que debía hacer algo más de dos metros, y a la derecha estaba la cocina, sin puertas ni nada. A la izquierda estaba su habitación y a la derecha pasada la cocina habitaciones más pequeñas.
La última tenía vistas al patio. Y siempre dormían los gatos que paseaban por los tejados vecinos, colándose por él.
A Ingrid no le importaba.
Un día entré a coger mi chaqueta. Pues la había dejado en ese cuarto. En el de la ventana que daba al patio. Y me llevé un susto tremendo.
Había un gato encima del cojín de la cama. Y le faltaba un ojo!.
Pegué un grito tan grande que tía Ingrid vino corriendo para ver que me pasaba. Cuando vió al gato, dijo:
Es Fede, Candela.-me explicó mientras acariciaba mi hombro intentando tranquilizarme.
Se peleó hace años con unos gatos y perdió un ojo. Nada más. No tienes porque asustarte.
Tía, Ingrid. Me da miedo. Tiene cara de malo.-le respondí yo, asustada por el semblante hueco del gato.
Ven, tócalo. No te hará nada, Candela. Es amigo de Lolo y Trufo.-me respondío Ingrid sonriendo mientras acariciaba a Fede "el malo".
No! No! Y no!!.-respondí llorando.
Está bien, Candela. No tienes porque hacerlo si no quieres. Y él tampoco te hará nada en tal caso. Tranquilízate y vamos al patio a recoger la fruta madura. Me quieres acompañar?-señaló mi tía asiendo una cesta de mimbre de la consola de color rosa.
Está bien.-respondí algo más convencida.
Pero él se queda!.-espeté.
Jajaja! Claro que sí, Candela. Él se queda.-respondió Ingrid cogiéndome de la mano.
Salimos de la habitación y enfilamos hacia el patio. Había que bajar por unas escaleritas de piedra. De pronto recordé que había dejado a Betsy, mi muñeca de trapo, en el tercer cajón de la cómoda rosa.
No, Betsy no podía quedarse allí. No estaba segura. Corriendo me solté de la mano de Ingrid y subiendo los escaleras a toda prisa, crucé el umbral de la puerta y me situé frente a la habitación.
Fede "el malo" se había colocado justo sobre la cómoda todo lo que daba de ancho.
Le miré fijamente al único ojo que tenía. Respire profundo y le dije:
Saaape!!!- chillé cerrando los ojos a la par que deseaba que él no estuviese allí.
Abriendo los ojos muy lentamente me costó adivinar donde estaba Fede. Poco a poco ví como sobre la cómoda no estaba. Un poquito después tampoco estaba sobre la cama. Un segundo más y con los ojos abiertos de par en par buscaba al felino conteniendo la respiración al punto de sentir que me paralizaba.
De pronto noté como algo me acariciaba las piernas.
Era una cola. Grande y peluda. De gato rabón. Maltrecha y descosida como Betsy. Al borde del alarido más grande que se pudiese imaginar jamás, Fede me miró y dando un brinco se tiró al suelo panza arriba.
De repente exhalé toda la contención del grito convirtiéndolo en un largo suspiro que me desinchó como a un globo. Encorvada y mirando a Fede, acerqué mi mano poco a poco para intentar acariciarlo.
Él me miró y maulló mientras se frotaba la espalda contra el suelo.
Estaba claro que tenía luz verde. Pero no podía. Algo superior a mi no podía tocarlo.
Me incorporé y fui derecha al tercer cajón a por Betsy. Miré a Fede que estaba ahora reclinado con medio cuerpo de gato mirando hacía a mi. Y le dije:
Lo siento, Fede. No es porque te falte un ojo. Es que eres muy feo y no puedo tocarte. No espero que lo entiendas. Pero espero que seamos amigos sin que tenga que tocarte.
Fede se giró y de un brinco se subió a la cama y de la cama saltó por la ventana. No me dio tiempo a ver a dónde iba o a dónde llegaba. De repente escuché a mi tía:
-Candela! Dónde andas?. Necesito ayuda.
-Voy, Ingrid.-sin soltar a Betsy bajé corriendo a ayudar a mi tía a recoger los higos y las manzanas del suelo.
Aquella tarde de domingo habíamos ido a verla porque había llegado de viaje y de unos médicos. Antes no dejó que fuéramos. Mis padres no me explicaron por qué. Solo que aquel verano mi tía se había tenido que marchar a un viaje que duraba unos meses y vino constipada con lo cual tuvo que hacer escala en el hospital.
Ingrid, estaba igual pero en vez de llevar su pelo suelto lo llevaba dentro de un pañuelo. O eso me parecía.
La seguí hasta la cocina a buscar limonada y galletas.
De repente, Ingrid se sintió cansada y se sentó.
Estás bien, Ingrid.-le pregunté mirándola con la cabeza ladeada.
Sí, cariño. Solo un poco cansada. Esta tarde está haciendo calor.
Tenía mala cara y rompió a sudar de golpe.
Me acerqué a ella y le cogí la mano.
Ella cogió la mía entre las suyas y la besó.
No me dijo nada pero entendí que Ingrid no estaba bien.
Respiré fuerte y le dije:
Ingrid, yo llevaré las cosas a fuera. Me esperas y vengo, vale?-le pregunté sin vacilar.
De acuerdo, Candela. Ve con cuidado por las escaleras, hija.-respondió mi tía sonriendo como podía.
Bajé despacito, mirando cada escalón y con cuidado de no verter la limonada. Llegué a la mesa del patio y coloqué las galletas de mantequilla y la jarra sobre ella. Subí dándome toda la prisa que pude y cuando llegué hasta arriba la ví.
Estaba de espaldas a mi.
Mi tía se había quitado el pañuelo y se estaba refrescando el cuello.
No tenía pelo.
Me quedé parada sin reaccionar.
En ese momento apareció Fede y se quedó a mi lado observando la escena.
De repente entendí algo.
Mi tía no era fea. Fede no era feo.
Era el miedo lo que me parecía feo.
El miedo a no comprender.
El miedo a no poder entender como un gato podía quedarse sin ojo.
Ó como mi tía llegó a quedarse sin pelo.....
Espero que os guste el blog, y el personaje de Candela y su situación. Superar un cáncer social. El ser mujer y verse desposeída de sus armas. Un canto épico al mundo femenino, al sexo y las fantasías. Desarrollándose en medio de la gestión convulsa de emociones, sentimientos, anhelos y frustración que experimenta en el proceso de superar la enfermedad. Aderezado siempre con grandes dosis de humor y exuberantes descripciones de su trazo más fiel.
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